jueves, 19 de junio de 2014

Los niños toman la cocina.

Que los pequeños de la casa participen en la elaboración de las comidas no solo les hace más felices; les hace más sanos


   Para un niño, la cocina es un lugar misterioso. Es un sitio donde entran los mayores y, tras un proceso que envuelve tiempo y una serie de diferentes olores —generalmente agradables— sale comida. Para un padre, o una madre, la cocina es un lugar peligroso. Cuchillos, enchufes, placas calientes, productos de limpieza, todo cosas a las que los niños no deben acercarse, cuanto menos tocar. Sin embargo, el romper esa relación de miedo y misterio es beneficioso para los niños. Enseñarles a cocinar no solo les da un sentido de responsabilidad y les involucra en las tareas del hogar, sino que además, es bueno para su salud.
   Un estudio, encargado por la multinacional agroalimentaria Nestlé,ofreció un menú a 47 niños de entre seis y diez años. Los platos fueron pasta, coliflor, pollo empanado y ensalada. Algo más de la mitad de ese grupo participó con al menos uno de sus padres en la elaboración de las comidas familiares; la otra mitad no. Al final de la experiencia, el grupo que participó en la preparación consumió un 27% más de pollo y un 71,6% más de ensalada.
   Tras el estudio se hizo un pequeño cuestionario a los participantes. “Los niños que colaboraron se sentían más orgullosos, más felices, más mayores y más en control de la situación”, comenta Klazine van der Horst, una de las responsables del estudio.
   La de Van der Horst no ha sido la primera experiencia para analizar los beneficios de traer a los niños a la cocina. “Aunque nunca han sido muy amplias, hay experiencias previas en la misma línea”, señala José Manuel Moreno, coordinador del comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. “Se ha demostrado que si los niños participan en la elaboración de la comida se alimentan mejor”.
   La experiencia, no obstante, aporta algo nuevo. “La mayoría de los estudios sobre el tema se hacen en colegios”, señala Van der Horst. “Esta es una de las primeras investigaciones que se hacen con familias, y los efectos son ligeramente mejores”. Moreno reconoce que la participación de los padres o responsables no ha recibido demasiada atención por parte de los investigadores y pediatras. “Se hace énfasis en las escuelas sobre la importancia de la nutrición, los niños aprenden cuales son los principales grupos alimenticios… pero luego la vida nos lleva por otra parte”, reflexiona.
   “Cuando los niños se implican en la preparación de la comida conseguimos muchas cosas”, relata Catalina García Germán, de The Good Food Company, que tiene talleres en Madrid para enseñar a cocinar a los niños. “Entienden mejor de donde viene cada alimento, valoran más el trabajo que hay detrás de cada comida, les interesan ingredientes que no les gustaban antes…”
   La primera pregunta para los padres es ¿dónde y cuándo empezar? “Más que determinar una edad lo ideal sería ajustar la edad a lo que hacen”, considera García Germán. “Un niño de dos años puede ayudarnos haciendo albóndigas, por ejemplo”. Pero meter en la cocina a niños tan pequeños puede preocupar a algunos padres. “Entre los seis y diez años es una buena edad para empezar, porque con los adolescentes lo que hay que intentar es que vengan a comer a casa”, señala Moreno. “Además, es una edad muy segura”.
   Lo importante es que sea gradual y divertido. “No hay que complicarse mucho”, señala García Germán. “A veces, dejarles lavar los tomates para una ensalada les resulta un auténtico planazo. Lo ideal es empezar por cosas sencillas que les resulten atractivas, como hacer galletas o darle forma a las trufas”. “Hay que hacer que encaje en la vida cotidiana de las familias”, considera Van der Horst. “Hay muchas formas. Si no conseguimos que sea una experiencia agradable, no va a funcionar. “Los niños tienen que disfrutar del cocinar juntos”, comenta García Germán. “No hay que corregir mucho lo que vayan haciendo. Recuerdo que cuando mi hijo tenía tres años hicimos una paella de salchichas. Lo mejor que puedo decir es que estaba curiosa, pero nos la comimos felices porque él lo estaba”.
   Uno de los factores que incentivan a los niños a comer más y mejor es la posibilidad que tienen de elegir y descubrir los alimentos que van a preparar. “Hay que hacer a los niños responsables de la elección”, continúa Van der Horst. Pero eso no tiene que significar que puedan elegir cualquier cosa. Los padres tienen que insistir en aprovechar la ocasión para que sus hijos prueben de todo, incluidos los ingredientes difíciles. “Lo ideal es intentar combinarlos con otros que sí les gusten”, propone García Germán. “Mezclar las verduras, triturarlas mucho, ponerlas en las salsas… pero ojo: eso solo es un parche temporal”.
   La participación de los niños en su dieta no se queda en la cocina. “Que vean cómo se decide la cesta de la compra también influye de manera positiva”, comenta el coordinador del comité de Nutrición de la AEP. “Si encima tienen un pequeño huerto, saben mucho más de dónde sale lo que comen”. Pero dentro de la cocina o fuera, lo importante es que participe toda la familia. “Sabemos que los niños que comen varias veces por semana en familia tienen menos obesidad que los que comen solos”, señala Moreno. “Los niños que cocinan con su familia sienten que su trabajo se valora de una manera concreta”, concluye García Germán. “Lo que ellos cocinan su familia se lo come”.



lunes, 16 de junio de 2014

El chorizo, las salchichas o el bacon aumentan el riesgo de insuficiencia cardíaca.

Investigadores suecos concluyen que los varones que comen cantidades moderadas de carne roja procesada pueden presentar una mayor probabilidad de verse afectados por esta dolencia.


   Las carnes rojas procesadas, es decir aquellas que son conservadas mediante sistemas con humo, curado, salazón o adición de conservantes, como es el caso de los embutidos (jamón, chorizo), las salchichas o el bacon, podrían aumentar el riesgo de insuficiencia cardíaca en hombres.

   Un estudio publicado en Circulation: Heart Failure, una revista de la Asociación Americana del Corazón, concluye que los hombres que comen cantidades moderadas de carne roja procesada pueden tener un mayor riesgo de incidencia de insuficiencia cardíaca y de mortalidad.

   "La carne roja procesada contiene comúnmente sodio, nitratos, fosfatos y otros aditivos alimentarios, y las carnes ahumadas y asadas también poseen hidrocarburos aromáticos policíclicos, que pueden contribuir a un mayor riesgo de insuficiencia cardíaca", afirma Alicja Wolk, autora principal del estudio y profesora en la División de Epidemiología Nutricional del Instituto de Medicina Ambiental del Instituto Karolinska en Estocolmo, Suecia. "La carne sin procesar está libre de aditivos alimentarios y, por lo general, tiene menor cantidad de sodio", añade.

   El estudio 'Cohort of Swedish Men', el primero en examinar los efectos de la carne roja procesada por separado de la carne roja no procesada, incluyó a 37.035 hombres de entre 45 y 79 años de edad sin antecedentes de insuficiencia cardíaca, cardiopatía isquémica o cáncer. Los participantes completaron una encuesta sobre el consumo de alimentos y otros factores sobre su estilo de vida y los investigadores les siguieron desde 1998 hasta el momento del diagnóstico la insuficiencia cardíaca, la muerte o el final del estudio en 2010.

   Tras casi 12 años de seguimiento, los investigadores vieron que la insuficiencia cardíaca se diagnosticó en 2.891 hombres y 266 murieron a causa de la insuficiencia cardíaca. Los que comieron más carne roja procesada (75 gramos por día o más) tenían un 28 por ciento más de riesgo de insuficiencia cardíaca en comparación con los que tomaban menos cantidad (25 gramos por día o menos) tras ajustar por múltiples variables de estilo de vida.

   Los hombres cuya ingesta de carne roja procesada fue más elevada presentaban dos veces más de riesgo de muerte por insuficiencia cardíaca en comparación con los hombres en la categoría más baja. El incremento por cada 50 gramos (por ejemplo, entre una y dos lonchas de jamón) en el consumo diario de carne procesada, elevó un 8% el riesgo de incidencia de insuficiencia cardiaca y un 38% el riesgo de muerte por insuficiencia cardíaca.

   Sin embargo, el riesgo de insuficiencia cardiaca o muerte entre los que comían carne roja no procesada no aumentó. Al inicio del estudio, los participantes completaron una encuesta con 96 items sobre su dieta, con los temas sobre la carne procesada centrados en el consumo de salchichas, embutidos, morcilla y paté de hígado en el último año, y en relación a la carne sin procesar, centrados en la carne de cerdo y de ternera, incluyendo la hamburguesa o la carne picada.

   Los resultados del estudio acerca del consumo total de carne roja son consistentes con los hallazgos del Estudio de Salud de los Médicos, en el cual los hombres que consumieron la mayor cantidad total de carne roja tenían un 24% más de riesgo de incidencia de insuficiencia cardíaca en comparación con quienes comían menos.



Evitar la carne roja

   "Para reducir el riesgo de insuficiencia cardíaca y otras enfermedades cardiovasculares, se aconseja de evitar la carne roja procesada en su dieta y limitar la cantidad de carne roja sin procesar a una o dos porciones por semana o menos", recomienda Joanna Kaluza, autora principal del estudio y profesora asistente en el Departamento de Nutrición Humana de la Universidad de Varsovia en Polonia. "En cambio, hay que llevar una dieta rica en frutas, verduras, productos de granos enteros, nueces y aumentar las raciones de pescado".

   Los autores de este trabajo dicen que esperan encontrar asociaciones similares en un estudio realizado con mujeres. La Asociación Americana del Corazón recomienda que las personas tengan un patrón de dieta centrado en frutas, verduras, granos enteros, productos lácteos bajos en grasa, pollo, pescado y nueces y que limite la ingesta de carne roja y alimentos y bebidas azucaradas.

   Para las personas que tienen que comer carne, los expertos aconsejan que opte por carnes magras y aves sin piel y coman pescado al menos dos veces a la semana, con una alta preferencia por los pescados ricos en ácidos grasos omega-3, como el salmón, la trucha y el arenque.



Circulation: Heart Failure (2014); doi: 10.1161/​CIRCHEARTFAILURE.113.000921




jueves, 5 de junio de 2014

Las dietas hiperproteicas vegetales podrían ser beneficiosas para los huesos.

El estudio, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Granada, revela, asimismo, que la proteína vegetal (de soja) es más recomendable que la proteína animal (de suero de leche).


   Investigadores de la Universidad de Granada (UGR) han descubierto, en un experimento realizado con ratas, que las dietas hiperproteicas podrían ser beneficiosas para los huesos. El trabajo ha revelado, asimismo, que la proteína vegetal (en este estudio se empleó proteína de soja) es más recomendable que la proteína animal (de suero de leche o 'whey protein'), ya que aquella aumentó hasta en un 7% el nivel de calcio en los huesos.

   En la investigación, publicada en Food & Function, los investigadores examinaron los efectos de una dieta normoproteica y los de otra hiperproteica en el estado óseo de las ratas. Para ello, emplearon una muestra formada por 140 ratas Wistar macho, que dividieron en cuatro grupos, a los que administraron durante 12 semanas diferentes dietas.

   Así, dos grupos fueron alimentados con una dieta normoproteica (10% de riqueza), uno de ellos con proteína de soja y el otro con suero de leche (lactosuero); los dos restantes ingirieron una dieta hiperproteica (45% de riqueza) basada en proteína de soja o de suero de leche.



Mejores propiedades óseas

   Los resultados de este experimento demostraron que las ratas alimentadas con una dieta hiperproteica mantuvieron mejor sus propiedades óseas que las que siguieron una dieta normoproteica, a pesar de que algunos marcadores, como el de urea en plasma (que fue un 46% más alta) o el pH urinario (8% más ácido) se vieron afectados. Estos aparentes efectos negativos fueron neutralizados en los grupos que consumían como fuente proteica la soja.

   Además, el grupo alimentado con proteína de soja presentó más cenizas del fémur (esto es, una mayor cantidad de minerales totales), un 7% más de calcio en los huesos y un área diafisaria cortical más espesa que los alimentados con la dieta de proteína de suero de leche.

   Como explican Virginia A. Aparicio García Molina y Elena Nebot, investigadoras del departamento de Fisiología de la Universidad de Granada y dos de las autoras del estudio, "el impacto que la cantidad y el tipo de proteína que consumimos tiene sobre nuestra salud es un tema muy debatido por la comunidad científica, sin que exista aún un acuerdo al respecto en algunos aspectos".

   Las dietas hiperproteicas y normoproteicas son muy frecuentes entre deportistas y personas que quieren adelgazar, pero todavía no hay consenso respecto a los efectos que éstas tienen sobre el organismo.



En espera de confirmación en humanos

   Las investigadoras advierten de que se trata de un estudio realizado en ratas, cuyos resultados todavía deben confirmarse en humanos. "Recomendaríamos estudiar cada caso particular por parte de profesionales, y abordarlo teniendo en cuenta las ventajas e inconvenientes que presentan las dietas hiperproteicas y las características específicas de cada persona", sostienen.

   En este trabajo han participado investigadores del departamento de Fisiología y Bioestadística de la UGR, del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos y científicos de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena, Austria.



Food & Function (2014); doi: 10.1039/C3FO60525F




martes, 3 de junio de 2014

Alcachofas con champiñones.

   Ya nos hemos despedido de la temporada de las alcachofas, así que en homenaje un plato sabrosísimo a la par que sencillo. Ideal para acompañar carnes y pescados y como cena ligera. También para una tortilla contundente y de premio.

   Ingredientes:

  • Alcachofas
  • Ajos tiernos
  • Champiñones o setas
  • Guindilla
  • vino blanco o de tonel, un chorrito
  • sal
  • aceite de oliva virgen extra

   Rehogamos las alcachofas junto con los ajos tiernos (incluido su tallo y hojas) y un poco de sal. Con  un poco de paciencia y a fuego lento hasta que estén tiernas. Preferiblemente con un olla de base amplia para que se cocinen por igual, removiendo de vez en cuando y con la tapa puesta. Incorporamos los champiñones bien limpios cortados en cuartos.
   Como los champiñones sueltan un poco de jugo dejaremos la olla destapada y en un par de minutos agregamos un chorrito de vino. Poco vino, 30 ó 40 ml, para que no acumule líquido y no se cuezan.
   A fuego medio unos 10 minutos con guindilla al gusto, rectificamos de sal y listo.











viernes, 23 de mayo de 2014

Queso de yogurt casero desnatado. Primera experiencia.

   Hace tiempo que tenía ganas de hacer queso casero, así que por fin me he decidido. Lógicamente me he informado de cómo se hace el queso (no suficiente), en este caso quería probar con un queso fresco sencillo, pero la incertidumbre de la experimentación está ahí. Y como comprobaréis ha sido todo un experimento, que podía haber sido un desastre, pero la improvisación acertada y la intuición ha determinado un más que aceptable desenlace.
   Lo primero que hice fue comprar cuajo natural en polvo. Preparé un par de litros de leche desnatada UHT y le añadí el cuajo. Cual fue mi sorpresa que no cuajaba después de una hora. ¿Le habré añadido poco? No puede ser, he puesto más que suficiente de lo que marca la etiqueta del producto. Le pongo otra dosis de cuajo y espero un par de horas. Nada de nada.
   Yo no tiro la toalla, así que busco una explicación en internet y mi sorpresa es que la leche UHT, por las altas temperaturas a las que se ve sometida, no cuaja. Tachaaan, no pasa nada. Aquí no se desperdicia nada.
   ¿Cómo lo solucionamos? Le añado dos yogures desnatados, unos 100 gr de azúcar, caliento la leche a 35º C y por lo menos tomaremos yogur. Lo dejo fermentar 24 horas a temperatura ambiente.
   En ese día de espera "fermentativa" sigo teniendo el "antojo" de comer queso, así que con una gasa grande y un colador cuelo este yogur durante 48 horas en la nevera.
   En este paso no deja de ser yogur espeso, y como tal sabe, con un ligero dulzor. Lo pongo en un bol de plástico tapado y lo guardo en la nevera una semana, para que "madure".





   Todo un acierto, pierde un poco de dulzor, se hace un poco más consistente, ligero, pierde ese sabor de yogur natural y gana el de queso.
   Ideal como merienda con un poco de pan de leche casero y miel.
   Seguiremos experimentando en el mundo del queso, pero esta aproximación ha sido un acierto (quizás el del principiante), no se parece a nada que haya probado y ha gustado a toda la familia.












lunes, 19 de mayo de 2014

Dormir poco en la infancia se vincula con un mayor peso después.

Una investigación señala que hay que tener buenos hábitos desde el nacimiento

De lo contrario, puede contribuir en una obesidad en la infancia

   ¿Cuánto duerme su hijo? ¿Cumple las horas de sueño indicadas para su edad? Además de cómo puede influir este hábito en el comportamiendo de los pequeños, el tiempo que pasan durmiendo parece tener un papel clave en el peso que van tener posteriormente. Una investigación muestra este vínculo y señala que hay que tener buenos hábitos desde los primeros meses de vida pues, de lo contrario, puede contribuir en una obesidad en la infancia.
  "Nuestro estudio encuentra evidencia convincente de que dormir menos de lo recomendado en los primeros años de vida es un fuerte factor de riesgo e independiente de obesidad y adiposidad", explica Elsie Taveras, jefe del servicio General de Pediatría en el Hospital Infantil MassGeneral (MGHfC). Concretamente, según los resultados relatados en el estudio, publicado en la revista Pediatrics, los niños que dormían menos tenían un índice de masa corporal 0,48 unidades más alto que aquellos que más horas de sueño cumplían cada día.
   "Asociaciones similares hemos visto también en otras medidas",apunta el autor, como el índice de grasa corporal (una diferencia de 0,72 kg/m²), la circunferencia de la cintura (unos 3,61 centímetros de diferencia) y la de la cadera (aproximadamente 2,78 milímetros de diferencia), la medición de los pliegues cutáneos (una diferencia de 4,22 milímetros) y la grasa abdominal (con una diferencia de 0,36 kg/m²).
   Investigaciones previas señalaban un periodo crítico antes de los cinco años. Hasta esta edad, decían, dormir poco podía desencadenar obesidad. Sin embargo, y "al contrario de lo que dichos estudios postulaban, no encontramos ningún periodo crítico en el que la falta de sueño influya especialmente en una ganancia posterior de peso. De hecho, dormir poco en cualquier momento de la infancia temprana [desde el nacimiento hasta los siete años] tuvo efectos adversos", agregan los autores del informe.
   A diferencia también de los anteriores trabajos, el actual no sólo ha examinado sino que ha utilizado varias medidas, además del índice de masa corporal (IMC), que determina la obesidad basada exclusivamente en la relación entre la altura y el peso. Por ejemplo, la circunferencia de la cintura y la de la cadera.

Siete años de seguimiento

   Este nuevo estudio está basado en los datos del Proyecto Viva (que incluía a 1.046 menores), una investigación que analiza el impacto a largo plazo sobre la salud de ciertos factores que ocurren durante el embarazo o después del nacimiento. Los investigadores recabaron información de entrevistas realizadas a madres cuando sus hijos tenían seis meses, tres y siete años. Estos cuestionarios se completaron cuando esos hijos habían cumplido uno, dos, cuatro, cinco y seis años.
   Entre otros asuntos, a las madres se les preguntó el tiempo que sus hijos dormían, tanto durante la noche como en el día. A lo largo de siete años, a los niños se les midió además de su peso y altura, su grasa total, la abdominal, la circunferencia de su abdomen y de su cadera.
   Se definió como sueño insuficiente pasar menos de 12 horas al día durmiendo entre los seis meses y los dos años, menos de 10 horas entre los tres y los cuatro años y menos de nueve de los cinco a los siete años. En función de las respuestas de cada madre, los niños fueron asignados a unos grupos u otros en función de la cantidad de horas que dormían.

Más obesidad y adiposidad

   Tras analizar los datos, los investigadores comprobaron que los niños que estaban en la posición de la tabla de sueño más baja tuvieron medidas corporales mayores que reflejan obesidad y adiposidad, incluida la grasa abdominal que se considera particularmente peligrosa. Esta asociación fue consistente en todas las edades, indicando que no hay un periodo crítico para esta interacción entre sueño y peso. Lo que sí se detectó fue que en aquellos hogares con menos ingresos, o con una educación materna menor y entre las minorías étnicas fue más frecuente que el sueño de los hijos fuera más corto; pero la relación entre sueño y obesidad no cambió ajustando estos y otros factores.
   Entre los mecanismos biológicos que podrían estar detrás de esta relación se incluyen la influencia de las hormonas secretadas durante el sueño que controlan el hambre y la saciedad; la alteración del ritmo circadiano; la escasa capacidad para tomar buenas decisiones a la hora de elegir los alimentos; cambios en la conducta provocados por la deprivación del sueño; o la generación de rutinas en el hogar que conllevan a dormir menos y comer más sobre todo aperitivos o dulces mientras se está viendo la televisión. Todas estas explicaciones deben de ser evaluadas en otros estudios porque, de momento, no hay una causa clara.

Rutinas contra la obesidad

   Según un estudio de Sarah Anderson, profesora de epidemiología en la Escuela de Salud Pública de la Universidad Estatal de Ohio (EEUU), algunas rutinas o la falta de las mismas en el hogar pueden ser los responsables directos de que los niños duerman pocas horas. Tal y como había comprobado, cenar en familia, asegurarse de que los más pequeños duermen las horas que les corresponden y limitar el tiempo de televisión a dos horas al día estaba asociado a un 40% menos de riesgo de desarrollar obesidad.
   "Mientras necesitamos más ensayos para determinar si mejorar el sueño conduce a una reducción de la obesidad, de momento podemos recomendar que los médicos enseñen a los niños y a sus padres formas para dormir mejor -que incluyen consejos sobre una buena rutina nocturna, limitar la cafeína en las bebidas que se toman por la tarde y eliminar las distracciones que generan los dispositivos electrónicos en la cama. Todo esto puede ayudar a promover unos buenos hábitos de sueño, lo cual favorecerá una mayor atención en el colegio o en el trabajo, un mejor humor y una mayor calidad de vida", explica Taveras. Sobre todo, teniendo en cuenta que "pocas horas de sueño durante la infancia están relacionadas con otros factores de riesgo cardiovascular, aparte de la obesidad, como la hipertensión".





































































































































martes, 13 de mayo de 2014

El 87% de la población dice tener en cuenta lo que come para su salud cardiovascular.

Las mujeres entre 30 y 50 años prefieren prevenir estas dolencias con preparados naturales, sobre todo en Andalucía, Madrid y Cataluña, mientras que los hombres y el resto de franjas de edad prefieren los medicamentos.

   La mayor parte de las enfermedades cardiovasculares son evitables con el estilo de vida y los ciudadanos lo saben, ya que hasta el 87 por ciento dice tener en cuenta lo que come para su salud cardiovascular, según se desprende de los resultados de una encuesta del Centro de Investigación sobre Fitoterapia (Infito).
   En dicho trabajo participaron 2.400 personas de entre 20 y 60 años, de quienes el 58 por ciento decía cuidar siempre su salud cardiovascular a través de su alimentación, y el 29 por ciento reconocía hacerlo a veces.
  Las mujeres en general y los individuos entre 30 y 50 años prefieren prevenir las enfermedades cardiovasculares con preparados naturales, especialmente en Andalucía, Madrid y Cataluña, mientras que los hombres y el resto de franjas de edad prefieren los medicamentos.
   El problema, según ha reconocido la cardióloga del Hospital Rey Juan Carlos de Madrid Petra Sanz, es que muchos ciudadanos "empiezan a prevenir cuando ya es demasiado tarde", y recomienda no fumar, practicar ejercicio de manera regular, controlar el peso y mantener una dieta equilibrada (rica en verduras, frutas, pescados y evitar las grasas saturadas), que incluya omega 3 y fitoesteroles.
   Para incidir en la importancia de la alimentación en la prevención de enfermedades cardiovasculares, Infito ha lanzado, en colaboración con la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación (SEDCA) y la Fundación Española de Hipercolesterolemia Familia, el libro 'Plantas medicinales y complementos de la dieta para la salud cardiovascular'.
Mejorar el perfil lipídico
   La guía contiene una de las más amplias revisiones de estudios científicos hasta la fecha sobre el papel de la dieta y los preparados farmacéuticos de plantas medicinales que ayudan a controlar los factores de riesgo cardiovascular.
  Así, para mejorar el perfil lipídico, el presidente del comité científico de SEDCA, Jesús Román, recomienda la dieta mediterránea, dietas pobres en grasa, una dieta rica en carbohidratos, proteínas de soja, fibra y fitoesteroles, cereales integrales, ácidos grasos omega-3, frutos secos, el té verde y el vino tinto, así como la suplementación con policosanoles y con levadura roja de arroz.
   Esta última ha sido autorizada recientemente por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, en sus siglas en inglés) para el control del colesterol ya que ha demostrado conseguir una reducción media del 19 por ciento para el colesterol total, del 23 por ciento para el colesterol LDL y del 17 por ciento para los triglicéridos, así como un incremento del 11 por ciento para el colesterol HDL.

INFITO